“Que paren el mundo, que yo me bajo”

Parece que últimamente no me quito esa frase de los labios, ni de la mente. Pero no me hacen caso, el mundo no para por sí solo, ni nadie lo para para mí, así que no me queda otra que seguir montada en esta montaña rusa de despropósitos e idioteces.

Últimamente, también, mi Facebook personal se ha llenado de debates polémicos con respecto a la que está cayendo. Llevo toda la semana pensando en que quiero escribir sobre ello, pero son temas tan ajenos a este blog, que no me he animado a hacerlo. Sin embargo, cómo son las cosas: quería escribir un post más personal, de opinión, y un grupo de feministas francesas me ha dado el pie que necesitaba.

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Una de dos: o bien es cierto que la estupidez humana no tiene límites, o que cuando el Diablo no tiene nada mejor que hacer, mata moscas con el rabo.

Está claro que los iconos fotográficos tienden a estar envueltos en polémicas: que si son fotos preparadas, que si no muestran la realidad, que si manipulan una realidad que sí existe, que si esa manipulación la ejecutan los que escriben el pie de foto… El mundo del fotoperiodismo está envuelto en ese tipo de debates continuamente. Pero este me parece especialmente fuera de lugar.

El 15 de agosto de 1945, Alfred Eisenstaedt paseaba, Leica en mano, por Times Square, en Nueva York, donde una multitud celebraba con júbilo el fin de la peor guerra conocida hasta el momento: la II Guerra Mundial. Como seguramente muchos otros fotógrafos, estaba en ese preciso momento buscando una foto que describiera, de una manera muy expresiva, ese hecho histórico. Y la encontró:

El día de la victoria de los aliados sobre los japoneses vi en Times Square cómo un marinero pasaba corriendo por la calle y se lanzaba sobre todo ser femenino que se cruzara en su camino… Me puse a correr delante de él con mi Leica en la mano, pero ninguna de las fotos que logré hacer me gustaba. Entonces vi de reojo cómo agarraba cual un rayo una cosa blanca. Me di la vuelta y apreté el obturador justo en el instante en que besaba a la enfermera. Si ella hubiera llevado un vestido oscuro, nunca habría conseguido esa instantánea, y tampoco si el marinero hubiera llevado un uniforme blanco. Tomé exactamente cuatro fotografías en pocos segundos.

¿Asalto sexual, como afirman las feministas francesas, o una acción fruto de la euforia del momento? Seguramente no fue la opción más políticamente correcta, pero, sinceramente, dudo que sea un asalto sexual, porque por lo que sabemos, la posible enfermera no lo sintió como tal. Y me parece que buscarle tres pies al gato no tiene sentido alguno.

Alfred Eisenstaedt Hoja de contactos de "V-J Day in Times Square"  1945

Alfred Eisenstaedt
Hoja de contactos de “V-J Day in Times Square”
1945

Ese día, Times Square era una fiesta, y esta escena se repetía por todas partes: se celebraba la vida, de una manera eufórica, pues, ¿quién no experimentaría ese sentimiento al saber que no tendría que ir a un frente donde la esperanza de vida media para un soldado apenas llegaba a las 3 semanas? Seguro que muchos se sintieron renacer en ese momento.

Si buscamos sobre este tema en Google, veremos multitud de entradas que cuentan esta historia. En las que he ido consultando yo, como esta de Xatakafoto, no se ve un análisis como el que hacen las francesas. Y aquí es donde viene mi sorpresa, o indignación (no sé cómo llamarlo): parece que nos encante ser unos conspiranóicos. Vemos sexismo por doquier. Vemos crueldad contra los animales por doquier. Y nos aterra un virus. A pesar de que sean motivos suficientes para desconfiar del mundo, creo que vivir en ese estado de histeria perpetua para con absolutamente todo lo que nos rodea, no nos beneficia. Y, por mucho que las miradas extraviadas y la multiplicidad de puntos de vista me apasionen, creo que todo tiene un límite.

Por favor, no perdamos el oremus. Y, aunque no venga al caso, añado: si quieres mostrar tu punto de vista, y éste difiere del ajeno, hazlo, pero siempre con respeto.

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Guido Caprotti (III): La colección

Ya os he hablado de un amor que nació de una casualidad, y de cómo a la postre ese amor dio sus frutos en forma de museo. Pero aún no os he podido hablar del contenido de dicho acto de amor a una ciudad que cautiva, Ávila. Ha llegado el momento de contaros lo que podréis encontrar si visitáis el Palacio de Superunda.

La obra de Caprotti se podría resumir muy someramente con tres palabras: paisajes, retratos, y Ávila. Cuando el italiano llegó a Ávila, vio claramente el potencial que esos géneros que tan bien conocía casaban a la perfección con la ciudad, un reducto en el que la modernidad no había vencido aún a los usos y costumbres de antaño, y donde el folklore tan exótico y romántico de la España profunda aún se paseaba cada día por sus frías calles. Así, no es de extrañar que:

“A partir de entonces, la vetusta población, rodeada por el dureo anillo de sus incomparables murallas e impregnada de la religiosidad mística de sus iglesias y conventos, se convierte en la ambición artística suprema y en el más amoroso empeño del pintor. Desde entonces, el paisaje abulense no tendrá secretos para él.”

J. C. Brasas Egido

Guido Caprotti.  La ciudad dormida 1934 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti.
La ciudad dormida
1934
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

A pesar de que en su obra podremos encontrar paisajes de otros lugares de España (e incluso de México), la raigambre castellana es lo predominante de una obra obsesiva fruto de largos paseos recorriendo cada rincón de la vieja ciudad castellana donde descubriría la belleza de su arquitectura y urbanismo, el encanto de una ciudad imbuida en un perpetuo estado místico gracias a Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, todo ello congelado para la posteridad por los fríos vientos que descienden de la áspera Sierra que la rodea. Y esta es la verdadera magia de sus pinturas: el haber sabido integrarse tanto en un escenario aparentemente tan ajeno a su persona, hasta el punto de acabar conociendo mejor que cualquier abulense los más bellos rincones y escenas de Ávila.

Guido Caprotti La procesión (estudio) Sin fechar Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
La procesión (estudio)
Sin fechar
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

“La mística ciudad aparece contemplada desde los más diversos ángulos y en todas las épocas del año: en los días de invierno, con sus plazas y calles cubiertas de nieve, bajo un cielo de lívidos azules que torna irreal la vieja arquitectura, en noches de plenilunio, o en las horas encendidas del estío, recortada la policromía del mercado al pie de la muralla.”

Rodríguez Frillo, 1942.

Guido Caprotti Invierno  1919  Óleo sobre lienzo Foto: http://muralladeavila.com

Guido Caprotti
Invierno
1919
Óleo sobre lienzo
Foto: http://muralladeavila.com

Si recordáis la historia que os contaba en el primer post de esta serie, Caprotti se quedó “alucinado” cuando llegó a la ciudad y descubrió a una figura tan curiosa para un extranjero como la de los serenos. Por eso, no es de extrañar que retratara en varios cuadros a estos personajes, destacando la obra que da la bienvenida al museo (aunque pasa desapercibido a pesar de su tamaño, y es de difícil acceso para sacar una fotografía) conocido como Los ojos de la noche (1917), con el que se presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes. Arquitectura medieval bañada por la luz de la luna y los faroles de unos personajes conformados de luces y sombras, que consiguieron el elogio del crítico José Francés al ver en ellos el verdadero espíritu que reclamaba la Academia para una pintura. “Tienen además del color y la línea, el sabor y el olor de la vieja Castilla”, como comentaba desde la revista Esfera. Esta obra sería el punto de partida de la numerosísima producción de retratos sobre las gentes del campo y los tipos populares que tanto encontraremos en su museo.

Guido Caprotti Abulense Sin fechar Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Abulense
Sin fechar
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

Deslumbrado por el tipismo austero y a la vez colorista que Ávila y otras poblaciones castellanas le ofrecían, y siguiendo el ejemplo de otros célebres pintores españoles como Zuloaga, Sorolla, Chicharro, los hermanos Zubiaurre…, el pintor italiano se identifica plenamente con esa España rústica y trágica que tanto había fascinado a los artistas de la generación del 98. La impronta de esos pintores y de otros admirados por él puede descubrirse en algunas de sus pinturas, siempre matizadas por su personal perspectiva.

Guido Caprotti La ofrenda del pan 1936 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
La ofrenda del pan
1936
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

Pero no sólo de costumbrismos vive el hombre, o al menos no sólo de los costumbrismos más terrenales, y por eso Caprotti también le da un papel especial a las figuras religiosas: procesiones, frailes y monjas serán otro de los tipos recurrentes en su producción pictórica.

Guido Caprotti Procesión Sin fechar Óleo sobre lienzo

Guido Caprotti
Procesión
Sin fechar
Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Más que a reproducir lo que ve, el pintor dedica su tiempo a bucear en el secreto de la ciudad, a definir los estados de alma de un paisaje urbano que pese a su sobriedad e incluso aspereza, resume la esencia de la tradición mística española y guarda el alma serena, trágica y al mismo tiempo dulce de Castilla

Guido Caprotti Dominicos ante Ávila 1937 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Dominicos ante Ávila
1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

Son estos retratos grupales otro grandioso ejemplo del uso de la luz, de la recreación de ambientes y la personalización de cada personaje, cuyos gestos parecen reflejar sus almas, y cuyos ropajes parecen invitarnos a que paseemos nuestras manos por sus telas.

Guido Caprotti Monjas carmelitas ante Ávila 1937 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Monjas carmelitas ante Ávila
1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

Otra de las facetas del pintor que podremos conocer en las salas del museo es su amor por lo femenino, con un conjunto de bellos desnudos en los que trabajará a partir de mediados de los años 20. En ellos podemos ver su clara influencia por los pintores del renacimiento veneciano, Velázquez, Renoir, o de los realizados por sus contemporáneos Zuloaga, Chicharro, Anselmo Miguel Nieto, Beltrán Masés, etc.

Guido Caprotti Leda y el cisne 1932 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Leda y el cisne
1932
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

“El pintor estudia a sus modelos en las más variadas actitudes, y a través de múltiples apuntes y bocetos, acierta a unir la pureza del dibujo con la gracia del gesto en la representación del cuerpo femenino.”

J.C. Brasas Egido.

Guido Caprotti Aixa 1940 Óleo sobre lienzo Foto:BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Aixa
1940
Óleo sobre lienzo
Foto:BlamaraPhoto

Son estos desnudos una clara muestra de sensualidad, entre los que destaca su personal visión de Leda y el cisne (1932) (pintada con forma de un descomunal tondo a la manera de la pintura renacentista) o Aixa, seguramente su más celebrado desnudo, que representa a la exótica amante morisca de Don Ramiro, protagonista de la célebre nobela del argentino Enrique Larreta La gloria de Don Ramiro, y cuyo librito aparece en un ángulo del lienzo, sobre una pequeña mesa. La sintética y vigorosa concepción del moderno desnudo, recostado lánguidamente en el lecho, le otorga originalidad y cierto aire sugestivo, a lo que contribuye la ambientación de la alcoba con amplio paisaje de la ciudad al fondo, encuadrado por cortinas carmesí de velada entonación veneciana.

En cualquier caso, como prácticamente todo artista, su principal fuerte de ingresos fueron los encargos, y por eso no es de extrañar que en el museo podamos encontrar algunos de los retratos que realizaría para particulares, sobre todo mujeres de clase burguesa y/o aristócrata. Como hemos ido viendo, Guido cultivava especialmente el paisaje y el retrato ya desde su formación en Italia, y por eso mismo fue en este género donde tuvo mayor éxito en Ávila, labrándose una sólida reputación (de hecho, su producción de retratos es, supuestamente, la más sobresaliente en cuanto a calidad y cantidad de su carrera, aunque no haya tantos retratos colgando en las salas del museo, entiendo, por pertenecer a colecciones privadas).

Guido Caprotti Retrato de la princesa A. P. de B. 1945 Óleo sobre lienzo Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti
Retrato de la princesa A. P. de B.
1945
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

Su contacto (y amistad) con artistas que también cultivaban este género, como Zuloaga, López Mezquita o incluso Joaquín Sorolla, le hizo alcanzar un estilo que algunos especialistas comparan con el de estos mismos retratistas, lo que le ayudó a hacerse un nombre también fuera de España, recibiendo encargos durante sus viajes a París, Londres, Italia, Estados Unidos y México. Además, gracias a estas amistades, podemos disfrutar de lo que desde el museo (que no desde mi punto de vista) se considera “la joya de la corona”: dos retratos pintados por Sorolla.

Joaquín Sorolla. Laura Hernández y Félix de la Torre Sin fechar (siglo XIX) Óleo sobre lienzo Donación de Ana Isabel Aizpurúa de Caprotti Foto: BlamaraPhoto

Joaquín Sorolla.
Laura Hernández y Félix de la Torre
Sin fechar (siglo XIX)
Óleo sobre lienzo
Donación de Ana Isabel Aizpurúa de Caprotti
Foto: BlamaraPhoto

Y aquí termina mi esbozo sobre la figura de Guido Caprotti. Queda mucho por descubrir, tanto por los especialistas como por los visitantes. Pero ni yo soy lo primero, ni quiero quitar la magia a los segundos de descubrir por sí mismos todas las sorpresas del museo. Ojalá haya despertado vuestra curiosidad para que seáis vosotros mismos los que me contéis vuestros descubrimientos en una futura visita al Palacio de Superunda ;-)

Guido Caprotti (II): El museo.

En una recoleta placita (actualmente en obras) del centro de la capital abulense, muy cerca del convento carmelita de Santa Teresa, encontramos un palacete de estilo renacentista conocido como el Palacio de Superunda. Este edificio, construido a finales del siglo XVI por el regidor Pedro Ochoa Aguirre, sería la residencia (primero alquilada, luego adquirida) en el siglo XX del matrimonio Caprotti, cuando, casi entrando en la década de los 20, el pintor italiano conoce a Laura de la Torre, y contrae matrimonio con ella.

Fachada Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

Fachada Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

Construido en una potente sillería de granito, la disposición de la fachada está flanqueada por dos esbeltas torres. Mientras que en la planta baja se abren dos ventanas que flanquean un acceso con jambas y dintel de molduras, en la superior podemos encontrar tres balcones adornados con escudos. Pero su verdadera belleza reside, como es de esperar, en su interior: un patio muy sencillo, con austeros artesonados y balaustradas de madera, cuyo principal atractivo reside en la escalera de tipo monacal, en la cuál podemos encontrar un relieve de un busto de Jesucristo, atribuido a Vasco de la Zarza.

Patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

Patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

 

Vista desde el piso superior del patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

Vista desde el piso superior del patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

El edificio en sí es una preciosidad, con su luminoso patio que articula las estancias del mismo, y las antiguas cocinas y caballerizas (también visitables, y aprovechadas para albergar espacios útiles de un museo).

Escalera del patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

Escalera del patio interior del Palacio de Superunda (foto: BlamaraPhoto)

En las cocinas, podemos ver la escalera principal del palacio de una manera muy curiosa, sirviendo de techo para una posible despensa (foto: BlamaraPhoto)

En las cocinas, podemos ver la escalera principal del palacio de una manera muy curiosa, sirviendo de techo para una posible despensa (foto: BlamaraPhoto)

Cocinas, que dan acceso a los actuales aseos (foto: BlamaraPhoto)

Cocinas, que dan acceso a los actuales aseos (foto: BlamaraPhoto)

Caballerizas, pensadas para albergar la futura tienda de recuerdos (foto: BlamaraPhoto)

Caballerizas, pensadas para albergar la futura tienda de recuerdos (foto: BlamaraPhoto)

Además, algo muy curioso (y propio de los palacios restaurados en Ávila), es la exposición de una serie de fotografías que muestran los trabajos de restauración, tanto del edificio, como de algunas obras en él expuestas. 

Fotografías de la restauración (foto: BlamaraPhoto)

Fotografías de la restauración (foto: BlamaraPhoto)

Fotografías de la restauración (foto: BlamaraPhoto)

Fotografías de la restauración (foto: BlamaraPhoto)

Tras dicha restauración, en la que podemos ver una perfecta integración de modernidad y clasicismo, el Palacio de los Superunda se ha convertido en la sede de la colección Guido Caprotti, una muestra magnífica mediante la cuál conocer un poco mejor Ávila.

Sala expositiva que da a otro patio interior donde se encontraba la antigua piscina (foto: BlamaraPhoto)

Sala expositiva que da a otro patio interior donde se encontraba la antigua piscina (foto: BlamaraPhoto)

Parte trasera del palacio, con otro patio interior, donde se encontraba la antigua piscina (foto: BlamaraPhoto)

Parte trasera del palacio, con otro patio interior, donde se encontraba la antigua piscina (foto: BlamaraPhoto)

Pero, ¿qué podemos encontrar exactamente en el interior de este edificio? La colección (de la que, puesto que hablaré más extensamente en el siguiente post, no voy a mostrar ahora gran cosa) la compone la obra pictórica de Guido, las miniaturas de las Reinas realizadas por su mujer, Laura de la Torre (que incluso quiso comprar la Reina Sofía, ya que destacan por su delicadeza), y esculturas de su hijo Óscar  (bustos y retratos en su mayoría, algunos de una manufactura realmente bella). Además, hay dos obras de Sorolla, que representan a los suegros del pintor (y ya sabemos que tener obras, aunque sean menores, de un pintor como Sorolla, siempre vende, aunque para mi gusto, las pinturas de Caprotti son mucho más interesantes).

También encontramos tres salas en la planta noble del edificio, donde podemos disfrutar de muebles de capilla, pianos, tapices, que nos permiten hacernos una idea de cómo era el palacio cuando era la vivienda del pintor (aunque para ello, lo mejor es ver las fotos del proyecto Ávilas).

Capilla (foto: BlamaraPhoto)

Capilla (foto: BlamaraPhoto)

Respecto a la disposición en sí de la colección, y a pesar de no poder analizarlo desde un punto de vista museológico (pues no soy especialista), he de hacer una serie de críticas que, a mi juicio, impiden entender y disfrutar del contenido de la misma:

* Necesidad de una buena guía/audioguía. Al pagar la entrada, una de las personas que está en la “recepción” te explica muy someramente qué vas a ver, y el orden que tienes que llevar en tu visita. Menos es nada, pero creo que es insuficiente. Además, te recomienda que dejes para el final la sala donde se exponen los autorretratos y retratos de familia, donde está precisamente la información de quién es Guido Caprotti. Por eso, yo os recomiendo ver primero esa sala, y luego ya empezar con el recorrido como os han dicho.

*Recorrido un poco caótico, con pocas indicaciones. Viene bien para los que gustamos de divagar y perdernos por las colecciones, pero durante mi visita presencié cómo algunos visitantes salían de las salas desorientados, sin saber hacia cuál debían ir ahora, o comentando “esto ya lo hemos visto”.

* Iluminación. Luces que se encienden cuando el visitante entra en la sala…Muy ecológico para gastar menos, pero las células de detección de movimiento, en algunas salas, tardan en saltar, así que empiezas a ver las obras dejándote los ojos. Además, los reflejos y sombras típicos de muchos museos españoles, en los que las obras no están correctamente iluminadas, impiden la visualización.

* El discurso de la exposición. Las cartelas explicativas de los grupos temáticos no tienen títulos, pero se intuye cierta cohesión cuando las lees y ves las obras que te rodean. Sin embargo, separan en “géneros” (por decirlo de alguna manera), cuando yo creo que en general todas las obras forman parte de un todo. No entiendo muy bien, por ejemplo, por qué en mitad del recorrido meten la etapa mexicana (que se supone que es la última), para luego volver a escenas abulenses, y acabar con retratos. Igual habría sido mejor un discurso cronológico.

* Las miniaturas de las reinas. Colocadas en dos paneles, no hay ninguna cartela explicativa que las narre (o al menos yo no la he visto). Bien es verdad que no hay mucho que narrar, pero si no fuera porque a la entrada te advierten de que las vas a ver… Dirías: “¿Y esto, a qué viene?”. Además están mal iluminadas, y al tener que acercarte para verlas, te das sombra y te ves en el reflejo del cristal que las protege, por lo que se dificulta la visión.

Intentando ver al detalle las miniaturas (foto: BlamaraPhoto)

Intentando ver al detalle las miniaturas (foto: BlamaraPhoto)

* Entrada no reducida a parados.  Este apartado no es tanto problema de museología como de gestión cultural (entiendo). Creo que siempre se debería facilitar la entrada a personas con menos recursos (y más en los tiempos que corren), y esto me ha llamado poderosamente la atención. El precio de las entradas es bajo, cierto (3 euros la general, frente al 1’50 de los jubilados). Pero si tienen una tarifa reducida, deberían tenerla para todos los grupos sociales con menos recursos.

Por último, un detalle curioso: las antiguas caballerizas se supone que están preparadas para albergar una tienda (o al menos, tienen ese cartel), pero el espacio está vacío. Entiendo que con el tiempo se llenará, pero me ha llamado la atención que pongan el cartel tan pronto, sin tenerlo preparado.

En cualquier caso, como os digo, el museo es una delicia que no te esperas encontrar en Ávila, restaurado con muy buen gusto, sabiendo integrar lo moderno con lo contemporáneo, y ver la disposición típica de un palacete abulense. Habrá que seguir la pista a este museo, porque promete ser uno de los “must” de la bella ciudad amurallada.

Guido Caprotti (I): El personaje

Está claro que el azar juega a veces un papel muy importante en nuestras vidas. Y para muestra, un botón. Hoy os quiero contar la historia de un peculiar italiano que, por una caprichosa casualidad, dio con sus huesos en una pequeña y fría ciudad castellana y, lo que en ella vio, le cautivó hasta el punto de decidir establecer su residencia en ella. Esa pequeña y fría ciudad, como ya habréis adivinado, es Ávila, y el peculiar italiano, que para más señas era pintor, se llamaba Guido Caprotti. Los que me seguís la pista ya sabréis que hace un tiempo me propuse dar a conocer mi tierra, injustamente poco conocida (aún me sorprende la cantidad de madrileños que me dicen que nunca han ido a la ciudad amurallada… ¡con lo cerquita que la tienen!), y este fin de semana me he dado cuenta de que una de las formas más bonitas de acercaros un poco más a mis bellas raíces, es precisamente a través de la mirada extraviada de este pintor.

Guido Caprotti. Autorretrato (1943). Óleo sobre lienzo. (Foto: BlamaraPhoto)

Guido Caprotti. Autorretrato (1943). Óleo sobre lienzo. (Foto: BlamaraPhoto)

Guido Caprotti (1887-1966) fue un pintor lombardo procedente de Monza (Italia), que muy pronto empezó a formarse como retratista bajo la tutela de Cesare Tallone en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Cuando contaba tan sólo 23 años ya recibió tres importantes reconocimientos por su labor artística: la pensión del Ministerio de Instrucción, el premio Bozzi-Caimi al mejor retrato, y la pensión Francesco Hayez. A pesar de haber flirteado en esta primera etapa con las vanguardias italianas (especialmente, claro está, con el futurismo), Caprotti siempre gustó de un arte más clásico, como él mismo nos dice:

He pintado siempre dentro de la línea del clasicismo, aunque no siempre totalmente ortodoxo, algunas veces un tanto liberal, pero sin salir jamás de él; y esto a pesar de que yo me inicié en la época del futurismo y tuve algunos escarceos breves dentro de él. Pero el clasicismo es la forma que siempre me ha parecido más seria.

Así pues, os preguntaréis: ¿cómo llegó este pintor a vivir a Ávila? Y yo os digo: a través de una (aparentemente) catastrófica desdicha. Empecemos desde el principio. En 1916 Caprotti recibió un importante encargo para un cliente americano, que quería una copia del bufón velazqueño Pablillos de Valladolid (Museo del Prado) presentándosele así al joven italiano la oportunidad de viajar por primera vez a España. Para ello, tendría que viajar a París, donde cogería un expreso que le llevaría a Madrid. Sin embargo, tras un largo viaje, ya muy cerca de su destino, una descomunal nevada tapó las vías, y de pronto se vio atrapado en una recoleta estación de tren. Al asumir que el deshielo aún tardaría en llegar, se internó en la ciudad donde pasaría tres días. Y se quedó prendado de lo que vio:

Caprotti, "La voz de las tinieblas", 1918, Ávila.

Una gran nevada paró el tren en Ávila. Me indicaron un hotel: “Hotel Inglés” se llamaba entonces el actual Hotel Continental. Entré pues en Ávila. Y al llegar ante una muralla espectacularmente nevada… la luz me llenó los ojos y el alma… En la noche esplendorosa de Plenilunio, bajo un arco de la muralla, un hombre cantaba: ¡Ave María Purísima!…Me dijeron era un “sereno” y decidí quedarme en Ávila… Esa impresión ha influido en toda mi vida dedicada principalmente a ensalzar esta tierra que tanta raigambre ha cogido en mi corazón…

Y es que, no nos engañemos… La tierra en la que tengo mis orgullosas raíces, a pesar del helador frío invernal, enamora a cualquiera que la contemple bajo un manto de blanca nieve bañado por la luna llena. No sé si llegó a ir a Madrid a hacer ese encargo (imagino que sí, pero lo poco que sé sobre este autor lo he descubierto en el propio museo y no lo mencionan), pero el caso es que ese mismo año decidió establecerse en la capital abulense, donde fijaría su residencia definitivamente, convirtiéndose en un habitual de la vida cultural y social abulense, retratando calles y gentes, lo que le llevó a ser nombrado Hijo Adoptivo de la Ciudad. Como vemos, lo que para muchos podría haber sido una mala experiencia fruto del cabreo al ver frustrado su planning de viaje, a Guido, un alma (quiero pensar, al conocer su obra) romántica y dandy donde las haya, le proporcionó la excusa perfecta para cambiar de aires y establecerse en una ciudad con mucho encanto.

Guido Caprotti. Laura de la Torre, esposa del pintor (1933). Óleo sobre Lienzo. Detalle. Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti. Laura de la Torre, esposa del pintor (1933). Óleo sobre Lienzo. Detalle. Foto: BlamaraPhoto

Y si se enamoró de estas calles y sus gentes, es lógico que una abulense acabara rivalizando por la pugna de su corazón, haciendo más firme su unión con Ávila: Laura de la Torre, delicada miniaturista y artista de esmaltes, y sobrina del filántropo marqués de San Juan de Piedras Albas y Benavites, contraería matrimonio con el italiano. Juntos decidieron alquilar el soberbio Palacio de Superunda, que acabaron comprando, y que disfrutaron toda la vida como hogar y como taller. De este creativo matrimonio nacieron tres hijos, Laura, Edgar y Óscar Caprotti, quien heredaría las conversaciones con las musas de sus padres, convirtiéndose en un escultor de delicada manufactura.

Como vemos, la unión de Guido con Ávila fue muy fuerte, y por eso, como os contaré en próximos posts, retrató la vida abulense de manera casi obsesiva. Tras su muerte en 1966, Laura de la Torre decidió emplear sus últimos años de vida en preparar el legado de su esposo, en lo que fue su última voluntad: que su obra perteneciera a la ciudad, preservada en un museo que permitiera contemplar Ávila bajo los ojos del genial pintor. Esa voluntad derivó en la compra del inmueble por parte del Ayuntamiento, su restauración, y la apertura de este curioso museo hace poco más de un año…

En la próxima entrada os hablaré sobre el edificio, y la disposición de la colección con sus pros y sus contras.

Así que, como siempre, #staytunned ;-)

 

 

El italiano que se enamoró de Ávila.

Hace ya algunos años, paseando una tarde con mi madre por el cementerio abulense, una escultura llamó poderosamente mi atención: una mujer sentada sobre la losa de un sencillo mausoleo, apoyando su cabeza sobre la mano, a su vez apoyada sobre la pierna flexionada, con los ojos cerrados, sonriente, pensativa. Me pareció muy poética, así que le pregunté a mi madre quién era. Me contó un poco, muy por encima, que a principios de siglo (el pasado, se entiende) un pintor italiano se afincó en la ciudad, y que esa escultura, hecha por su hijo, adornaba el panteón familiar. No me contó mucho más, pero esa imagen me ha acompañado desde entonces, y hace poco, mi hermano me recomendó ir a ver el nuevo museo que habían abierto en el centro de la ciudad, en el palacio que esa familia, la familia Caprotti, habitó durante casi un siglo. 

Tras un verano de idas y venidas, de desconexión, al fin me he acercado a visitarlo… y me he quedado prendada de él, tanto por continente como por contenido. Por eso me he animado a hacer un parón en mis vacaciones para escribir tres post sobre el mismo (personaje, museo, colección), que podréis leer poco a poco, y que espero que os atrapen tanto como me han atrapado a mí. 

Así que, como siempre, #staytunned, pues pronto vuelve La Mirada Extraviada.

Minientrada

Summer is not coming…

Summer is here!! :-D

Y es que, a pesar de haber empezado este blog en época estival, cuando estaba más relajada para escribir, ahora toca despedirme momentáneamente para disfrutar de un tiempo 100% para mí. Soy consciente de que se me han quedado cosas en el tintero (Vilatobá en el Museo Romántico, Alma-Tadema en el Thyssen, Arissa en la Fundación Telefónica, Schommer en el Prado…) ¡Hay TANTO que ver, y TANTO que contar! Pero ni los desempleados somos máquinas, y todos necesitamos un descanso.

Así que me voy un tiempo a recargar pilas, y prometo volver con energía suficiente para contaros todo eso, y más ;-) #staytunned

¡Nos vemos pronto!

Vida quizá hostil, sí, pero VIDA. Vanessa Winship en la Fundación Mapfre.

Desde que en mayo me enteré de la existencia de esta exposición, me llamó poderosamente la atención, y tenía muchísimas ganas de verla. No sabía nada de Vanessa Winship, ni qué tipo de fotografía hacía, pero la imagen promocional me pareció tan poderosa, que no me pude resistir. Así que empecé a seguir a la Fundación Mapfre en Twitter para irme empapando poco a poco de información… y me cautivó (gran labor de su CM, por otra parte ;-) ).

Como sabéis, procuro no hacer reseñas muy técnicas, o repetirme en la información que doy, así que para saber más sobre la exposición en sí, os remito a su maravilloso site, donde encontraréis todo lo que necesitéis. Aquí vais a encontrar el divagar de mi mirada extraviada, mis sensaciones, mis reflexiones. Además va a predominar el texto, ya que no pude sacar fotos yo (por temas de derechos), y en internet no encuentro las que mejor ilustrarían mis reflexiones.

Quizá lo que más me llamó la atención de esta primera gran retrospectiva de una fotógrafa prácticamente desconocida (al menos para mí, pero eso tampoco es tan difícil) es que está llena de miradas extraviadas, melancólicas, reflexivas, esperanzadas, desesperanzadas… Miradas muy personales, pero MIRADAS, con mayúsculas. El punto fuerte de la muestra es, sin duda, el retrato (podemos encontrar paisajes, abstractos de texturas, pero al menos a esta fotógrafa con pulsión escópica no le llamaron la atención).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esas miradas representan también muchas dualidades. Por eso, me paralizaron la serie de retratos que Winship tomó en el Mar Negro: hombres/mujeres, verano/invierno, tradición/modernidad, fuerza/delicadeza… un sutil ying yang, que se enfrenta y se complementa. Espectacular.

Además toda la muestra da una sensación de atemporalidad muy llamativa, y reflexiona también sobre la comunicación y las relaciones humanas, lo que tenemos todos en común seamos de donde seamos.

Fotografía perteneciente a la serie "Black Sea. Between Chronicle and Fiction, 2002-2010". Vanessa Winship.

Fotografía perteneciente a la serie “Black Sea. Between Chronicle and Fiction, 2002-2010”. Vanessa Winship.

En los primeros apartados (Mar Negro, Georgia), veía además una idea predominante. Igual mi mente romántica me jugó una mala pasada, pero no paraba de ver lo Sublime por todas partes: la reflexión sobre las fronteras, admitiendo que para ella la única frontera de los países que baña el Mar Negro es el propio mar y su fuerza, y que todos tienen eso precisamente en común, la supervivencia ante la hostilidad del mismo, no pudo pasarme desapercibida. La reflexión sobre la vida y la muerte, una reflexión que se entiende perfectamente en la unión de imagen y palabra.

Hablando sobre el Mar Negro:

Me gusta que me recuerde que es una fuerza mucho más poderosa que yo.

Y sobre Georgia:

Encontré a mis amigos exhaustos pero vivos, vivos como sólo pueden estarlo quienes estan tan cerca de la posibilidad de la muerte”.

¿De verdad soy yo la única que ve lo Sublime en estos fragmentos?

Hablando de fragmentos: la ausencia de cartelas me parece un acierto. Si bien es cierto que a veces te pierdes un poco y no sabes lo que estás viendo, te permite sentir la imagen sin interferencias. A cambio, pequeños textos introducen cada apartado de la exposición, y un video muy expresivo los complementa, permitiendo observar las fotografías escuchando la voz dulce y pausada de su autora, que nos cuenta pequeñas historias que ve en ellas. Normal que el departamento de difusión decidiera crear la dinámica de la #fotopoesía*, pues de verdad es esa la sensación que se tiene cuando te enfrentas al video. Eso sí, he de decir que se echaba de menos un banquito o algo para poder sentarse y dejarse llevar por los sentidos.

Sin embargo, a pesar de que los textos me encantaron, no puedo pasar por alto comentar en clave de humor una expresión que me hizo recordar a los grandes de Cienojetes: Sobre la serie de Almería (serie que, para mí, sobraba), Vanessa habla de “la presencia en la ausencia”. El afán por conceptualizar unas imágenes que podrían hablar por sí mismas (aunque esas en concreto no digan gran cosa), me parece un error por muy de moda que esté. Precisamente la fuerza de la obra de Winship es que está cargada de sensaciones, y es fácil dejarse llevar por las imágenes.

En fin, que no quiero alargarme más. Mi conclusión es que esta exposición es muy cómoda y fácil de entender y disfrutar, al no ser demasiado extensa, y merece la pena degustarla con calma. Así que acércate, y disfruta. Y, como siempre, ya me contarás tu opinión ;)

 

*Actualización a 5 de Agosto de 2014. Al hilo del concurso montado para promocionar la exposición a la vez que hacen a sus seguidores partícipes de la misma, decidí apoyar la iniciativa (iniciativa que me encantó, viéndola tanto como fotógrafa como desde el punto de vista del community management) y participar. Y hoy, de pronto, recibo la noticia de que mi texto ha sido elegido como uno de los ganadores. Estoy MUY contenta.

 

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Autorretrato reflejado. Inocencia pícara. Sé que estás ahí, y sé que sabes que lo sé. Te sonrío, te truco, y me llevas contigo para siempre. Te seduzco. No te puedes librar de mí, porque siempre te acompaño. Soy parte de ti. En el fondo, te estás viendo en un espejo. Y, por eso, me fotografías.

 

GRACIAS :D