Guido Caprotti (I): El personaje

Está claro que el azar juega a veces un papel muy importante en nuestras vidas. Y para muestra, un botón. Hoy os quiero contar la historia de un peculiar italiano que, por una caprichosa casualidad, dio con sus huesos en una pequeña y fría ciudad castellana y, lo que en ella vio, le cautivó hasta el punto de decidir establecer su residencia en ella. Esa pequeña y fría ciudad, como ya habréis adivinado, es Ávila, y el peculiar italiano, que para más señas era pintor, se llamaba Guido Caprotti. Los que me seguís la pista ya sabréis que hace un tiempo me propuse dar a conocer mi tierra, injustamente poco conocida (aún me sorprende la cantidad de madrileños que me dicen que nunca han ido a la ciudad amurallada… ¡con lo cerquita que la tienen!), y este fin de semana me he dado cuenta de que una de las formas más bonitas de acercaros un poco más a mis bellas raíces, es precisamente a través de la mirada extraviada de este pintor.

Guido Caprotti. Autorretrato (1943). Óleo sobre lienzo. (Foto: BlamaraPhoto)

Guido Caprotti. Autorretrato (1943). Óleo sobre lienzo. (Foto: BlamaraPhoto)

Guido Caprotti (1887-1966) fue un pintor lombardo procedente de Monza (Italia), que muy pronto empezó a formarse como retratista bajo la tutela de Cesare Tallone en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán). Cuando contaba tan sólo 23 años ya recibió tres importantes reconocimientos por su labor artística: la pensión del Ministerio de Instrucción, el premio Bozzi-Caimi al mejor retrato, y la pensión Francesco Hayez. A pesar de haber flirteado en esta primera etapa con las vanguardias italianas (especialmente, claro está, con el futurismo), Caprotti siempre gustó de un arte más clásico, como él mismo nos dice:

He pintado siempre dentro de la línea del clasicismo, aunque no siempre totalmente ortodoxo, algunas veces un tanto liberal, pero sin salir jamás de él; y esto a pesar de que yo me inicié en la época del futurismo y tuve algunos escarceos breves dentro de él. Pero el clasicismo es la forma que siempre me ha parecido más seria.

Así pues, os preguntaréis: ¿cómo llegó este pintor a vivir a Ávila? Y yo os digo: a través de una (aparentemente) catastrófica desdicha. Empecemos desde el principio. En 1916 Caprotti recibió un importante encargo para un cliente americano, que quería una copia del bufón velazqueño Pablillos de Valladolid (Museo del Prado) presentándosele así al joven italiano la oportunidad de viajar por primera vez a España. Para ello, tendría que viajar a París, donde cogería un expreso que le llevaría a Madrid. Sin embargo, tras un largo viaje, ya muy cerca de su destino, una descomunal nevada tapó las vías, y de pronto se vio atrapado en una recoleta estación de tren. Al asumir que el deshielo aún tardaría en llegar, se internó en la ciudad donde pasaría tres días. Y se quedó prendado de lo que vio:

Caprotti, "La voz de las tinieblas", 1918, Ávila.

Una gran nevada paró el tren en Ávila. Me indicaron un hotel: “Hotel Inglés” se llamaba entonces el actual Hotel Continental. Entré pues en Ávila. Y al llegar ante una muralla espectacularmente nevada… la luz me llenó los ojos y el alma… En la noche esplendorosa de Plenilunio, bajo un arco de la muralla, un hombre cantaba: ¡Ave María Purísima!…Me dijeron era un “sereno” y decidí quedarme en Ávila… Esa impresión ha influido en toda mi vida dedicada principalmente a ensalzar esta tierra que tanta raigambre ha cogido en mi corazón…

Y es que, no nos engañemos… La tierra en la que tengo mis orgullosas raíces, a pesar del helador frío invernal, enamora a cualquiera que la contemple bajo un manto de blanca nieve bañado por la luna llena. No sé si llegó a ir a Madrid a hacer ese encargo (imagino que sí, pero lo poco que sé sobre este autor lo he descubierto en el propio museo y no lo mencionan), pero el caso es que ese mismo año decidió establecerse en la capital abulense, donde fijaría su residencia definitivamente, convirtiéndose en un habitual de la vida cultural y social abulense, retratando calles y gentes, lo que le llevó a ser nombrado Hijo Adoptivo de la Ciudad. Como vemos, lo que para muchos podría haber sido una mala experiencia fruto del cabreo al ver frustrado su planning de viaje, a Guido, un alma (quiero pensar, al conocer su obra) romántica y dandy donde las haya, le proporcionó la excusa perfecta para cambiar de aires y establecerse en una ciudad con mucho encanto.

Guido Caprotti. Laura de la Torre, esposa del pintor (1933). Óleo sobre Lienzo. Detalle. Foto: BlamaraPhoto

Guido Caprotti. Laura de la Torre, esposa del pintor (1933). Óleo sobre Lienzo. Detalle. Foto: BlamaraPhoto

Y si se enamoró de estas calles y sus gentes, es lógico que una abulense acabara rivalizando por la pugna de su corazón, haciendo más firme su unión con Ávila: Laura de la Torre, delicada miniaturista y artista de esmaltes, y sobrina del filántropo marqués de San Juan de Piedras Albas y Benavites, contraería matrimonio con el italiano. Juntos decidieron alquilar el soberbio Palacio de Superunda, que acabaron comprando, y que disfrutaron toda la vida como hogar y como taller. De este creativo matrimonio nacieron tres hijos, Laura, Edgar y Óscar Caprotti, quien heredaría las conversaciones con las musas de sus padres, convirtiéndose en un escultor de delicada manufactura.

Como vemos, la unión de Guido con Ávila fue muy fuerte, y por eso, como os contaré en próximos posts, retrató la vida abulense de manera casi obsesiva. Tras su muerte en 1966, Laura de la Torre decidió emplear sus últimos años de vida en preparar el legado de su esposo, en lo que fue su última voluntad: que su obra perteneciera a la ciudad, preservada en un museo que permitiera contemplar Ávila bajo los ojos del genial pintor. Esa voluntad derivó en la compra del inmueble por parte del Ayuntamiento, su restauración, y la apertura de este curioso museo hace poco más de un año…

En la próxima entrada os hablaré sobre el edificio, y la disposición de la colección con sus pros y sus contras.

Así que, como siempre, #staytunned ;-)

 

 

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3 comentarios en “Guido Caprotti (I): El personaje

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